El final de lo que creímos

POV: Valeria

La casa estaba en silencio.

No era el tipo de silencio tranquilo al que estaba acostumbrada después de tantos años viviendo aquí.

Era un silencio pesado.

Incómodo.

Como si las paredes mismas supieran que algo se había roto entre nosotros y estuvieran esperando el momento en que finalmente lo admitiéramos.

Desde la noche anterior había evitado a Daniel.

No era difícil.

La casa era lo suficientemente grande para que dos personas pudieran fingir que el otro no existía.

Habitaciones separadas.

Pasillos largos.

Puertas que podían cerrarse.

Durante años pensé que esa amplitud representaba éxito.

Ahora solo parecía distancia.

Había pasado la mayor parte de la mañana sentada frente a la ventana de la habitación, mirando el jardín sin verlo realmente.

Pensando.

Recordando.

Intentando entender en qué momento exactamente mi vida había comenzado a romperse.

Tal vez la respuesta era más simple de lo que quería admitir.

Tal vez todo había cambiado en el instante en que abrí aquella puerta y vi a Daniel con Camila.

O tal vez todo había empezado mucho antes y yo simplemente no quise verlo.

Respiré profundamente antes de salir finalmente de la habitación.

No podía seguir evitándolo.

No después de todo lo que había pasado.

No después de todo lo que ahora sabía.

Cuando bajé las escaleras lo encontré en la sala.

Daniel estaba sentado en el sofá con su laptop abierta sobre las piernas.

La luz de la pantalla iluminaba parcialmente su rostro mientras revisaba algo con la misma concentración que solía tener cuando trabajaba.

Por un momento la escena me resultó extrañamente familiar.

Demasiado normal.

Como si nada hubiera cambiado.

Como si nuestro matrimonio no estuviera al borde del colapso.

Daniel levantó la mirada cuando escuchó mis pasos.

Sus ojos se detuvieron en mí durante unos segundos antes de cerrar lentamente la laptop.

—Pensé que ibas a seguir escondiéndote.

Su tono era tranquilo.

Pero debajo de esa calma había algo más

Algo tenso.

Ignoré el comentario.

No tenía energía para otro juego de provocaciones.

—Tenemos que hablar.

Daniel apoyó la laptop sobre la mesa frente al sofá.

—Por fin.

Se levantó con calma, como si hubiera estado esperando ese momento desde que regresé a casa.

—Me preguntaba cuánto tiempo más ibas a fingir que yo no existía.

Sus palabras tenían un filo que antes tal vez habría intentado suavizar.

Ahora simplemente las dejé pasar.

—No estoy fingiendo nada.

—No.

Sus labios se curvaron ligeramente en una sonrisa que no tenía nada de amable.

—Solo estás evitando hablar de lo que hiciste.

Sabía exactamente a qué se refería.

Alejandro.

No hacía falta decir su nombre.

Daniel caminó unos pasos por la sala, deteniéndose finalmente frente al bar.

Tomó un vaso y sirvió un poco de whisky.

—Supongo que esto es sobre tu nueva amistad.

Bebió un pequeño sorbo antes de mirarme otra vez.

—¿O debería decir algo más que amistad?

Sentí una pequeña presión en el pecho, pero mantuve la mirada firme.

—No voy a hablar de eso.

Daniel soltó una risa corta.

—Claro que no.

Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe suave.

—Porque los dos sabemos lo que pasó.

El silencio entre nosotros se volvió más pesado.

No respondí.

No porque quisiera ocultar algo.

Sino porque entendía que cualquier palabra solo haría la situación más absurda.

Daniel negó lentamente con la cabeza.

—De todas las personas que existen… elegiste a él.

Su voz tenía algo más ahora.

Algo que no había estado allí antes.

Orgullo herido.

—Yo no elegí nada

—Claro que sí.

Sus ojos se volvieron más fríos.

—Elegiste humillarme.

La palabra me sorprendió.

Humillar.

—¿Humillarte?

Daniel dio un paso más cerca.

—Primero descubres lo de Camila.

Su expresión se tensó ligeramente.

—Y luego decides vengarte acostándote con mi enemigo.

La rabia apareció por primera vez.

—No fue una venganza.

—¿Entonces qué fue?

Su pregunta quedó suspendida entre nosotros.

Pero no respondí.

Porque ni siquiera yo tenía una explicación sencilla para lo que había pasado aquella noche.

Daniel soltó un suspiro de frustración.

—Esto es ridículo.

—No.

Lo miré directamente a los ojos.

—Ridículo es pensar que podemos seguir fingiendo que nada pasó.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Daniel me observó durante varios segundos.

Como si estuviera evaluando algo.

—Esto es solo una crisis.

—No.

—Se va a arreglar.

Negué lentamente.

—No, esto no se va a arreglar. Esto ya no tiene solución.

Esa vez sí reaccionó.

Su expresión cambió ligeramente.

—¿Qué significa eso?

Como si hubiera llegado finalmente a un lugar del que no podía retroceder.

—Significa que esto se acabó, Daniel.

—No seas dramática.

—No lo soy. Joder Daniel, te acostaste con mi hermana, la confianza entre nosotros está rota, nuestro matrimonio está roto. Los dos hemos cruzado el límite estando con personas con las cuales nunca debimos de estar.— exclamé

Sostuve su mirada.

—Quiero el divorcio.— dije con firmeza

La habitación quedó completamente en silencio.

Daniel me observó como si estuviera esperando que dijera algo más.

Luego soltó una pequeña risa.

—No.

—No es algo que tengas que aprobar.

—Claro que sí.

Su voz se volvió más dura.

—Eres mi esposa.

Otra vez esa palabra.

Como si fuera un título que me ataba a él.

Como si fuera una decisión permanente.

—No por mucho tiempo.

Daniel dio un paso hacia mí.

—Si haces esto por él…

—No es por Alejandro, él no tiene nada que ver en mi decisión.

—Claro que sí.

—Entiende en qué punto estamos Daniel.

Sus ojos se oscurecieron.

—Ese hombre ha estado intentando destruirme durante años.

—Eso no tiene nada que ver conmigo.

—Ahora sí.

Se detuvo frente a mí.

—Porque si decides ponerte de su lado…

su voz bajó peligrosamente.

—te convertirás en mi enemiga también.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

Pero esta vez no dejé que el miedo decidiera por mí.

Durante años había permitido que Daniel tomara todas las decisiones importantes de mi vida.

Qué hacer.

A dónde ir.

Cómo debía comportarme.

Había pensado que eso era amor.

Ahora entendía que era control.

—Entonces supongo que este matrimonio ya no tiene nada que salvar.

Abrí la puerta de la sala.

—Valeria.

La voz de Daniel me detuvo por un segundo.

Pero no me volteé.

—Estás cometiendo el peor error de tu vida.

Cerré la puerta de la habitación detrás de mí y apoyé la espalda contra ella durante unos segundos.

Todavía podía escuchar la voz de Daniel al otro lado de la casa.

Estaba en su estudio hablando por teléfono.

Negocios.

Siempre negocios.

Una parte de mí casi quiso reír.

Durante años había organizado mi vida alrededor de los horarios de Daniel.

De sus reuniones.

De sus viajes.

De sus decisiones.

Y ahora… todo eso parecía tan distante.

Abrí el armario lentamente.

Las perchas se movieron suavemente cuando deslicé algunas prendas hacia un lado.

Tomé una maleta del estante superior.

No era muy grande.

Solo lo suficiente para llevar lo esencial.

Mientras doblaba algunas blusas y vestidos, recuerdos comenzaron a aparecer en mi mente.

Nuestra boda.

Las cenas elegantes.

Las fotografías perfectas que todos admiraban.

Desde afuera, nuestro matrimonio siempre había parecido perfecto.

La esposa perfecta.

El esposo exitoso.

Pero nadie sabía lo que ocurría realmente detrás de esas puertas.

Ni siquiera yo lo había querido ver durante mucho tiempo.

Cerré la maleta.

El sonido del cierre resonó en la habitación más fuerte de lo que esperaba.

Miré alrededor.

Ese lugar había sido mi hogar durante años.

Había creído que ahí construiría toda mi vida.

Pero ahora entendía algo que antes no había querido aceptar.

No se puede construir un hogar sobre mentiras.

Tomé mi bolso.

Apagué la luz de la habitación.

Cuando abrí la puerta, el pasillo estaba en silencio.

Solo se escuchaba la voz lejana de Daniel desde su estudio.

Perfecto.

Eso significaba que no me vería salir.

Bajé las escaleras con cuidado.

Cada paso parecía hacer eco en mi mente.

Cuando llegué a la puerta principal, me detuve.

Mis dedos descansaron sobre la manija.

Durante un momento pensé en todo lo que dejaba atrás.

Mi matrimonio.

Mi vida anterior.

La mujer que había sido hasta ese día.

Respiré profundamente.

Abrí la puerta.

El aire frío del atardecer me golpeó el rostro.

Salí de la casa.

Y esta vez… no miré atrás.

POV: Daniel

La llamada se estaba alargando más de lo que esperaba.

Apoyé una mano sobre el escritorio de mi estudio mientras escuchaba al otro lado de la línea a uno de mis socios explicar números que, en ese momento, me interesaban muy poco.

—Sí, revisaremos eso mañana —dije finalmente, intentando cerrar la conversación.

Pero el hombre continuó hablando.

Miré el reloj en la pared.

Había pasado más tiempo del que pensaba.

Solté un suspiro silencioso mientras caminaba lentamente por el estudio con el teléfono aún en la oreja.

Desde allí podía escuchar vagamente el movimiento de la casa.

Las criadas todavía estaban trabajando.

Todo parecía normal.

Demasiado normal.

—Entonces quedamos así, Whitmore —dijo finalmente la voz al otro lado.

—Perfecto —respondí.

Colgué.

El silencio que siguió fue inmediato.

Por un segundo me quedé quieto en el centro del estudio, pensando en la discusión que había tenido con Valeria la noche anterior.

Su mirada.

La forma en que me había enfrentado.

No era algo común en ella.

Valeria siempre había sido… razonable.

Predecible.

Pero la noche anterior algo había cambiado.

Abrí la puerta del estudio y salí al pasillo.

—Valeria —llamé.

No hubo respuesta.

Fruncí ligeramente el ceño.

Caminé hacia la sala.

Luego hacia la cocina.

Nada.

El silencio de la casa comenzaba a sentirse extraño.

Subí las escaleras con pasos lentos hasta llegar a nuestra habitación.

Empujé la puerta.

La cama estaba hecha.

Las sábanas intactas.

Mi mirada se movió lentamente por la habitación.

Algo no estaba bien.

Caminé hacia el armario y lo abrí.

Algunas cosas faltaban.

No demasiadas.

Pero suficientes para notarlo.

Su bolso no estaba.

Tampoco algunos de sus vestidos.

Una pequeña sonrisa apareció en mi rostro.

Así que decidió irse.

Apoyé una mano en el marco del armario mientras pensaba.

Valeria no era una mujer impulsiva.

No hacía cosas sin pensarlas.

Si se había ido mientras yo estaba en el estudio…

era porque no quería que la detuviera.

Eso me hizo reír por lo bajo.

—Interesante… —murmuré.

Saqué el teléfono del bolsillo y marqué un número.

Contestaron al segundo tono.

—Señor Whitmore.

—Quiero que encuentres a mi esposa.

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.

—¿Ocurrió algo?

Caminé hacia la ventana de la habitación mientras observaba la ciudad.

—Digamos que decidió salir sin avisar.

Hice una pausa.

—Quiero saber dónde está.

Luego añadí con voz más fría:

—Y con quién.

Colgué.

Guardé el teléfono en el bolsillo mientras observaba la ciudad desde la ventana.

Valeria podía haber ido a muchos lugares.

A casa de una amiga.

A algún hotel.

Incluso a casa de sus padres.

Pero algo en mi instinto me decía que no era tan simple.

La discusión de la noche anterior no había sido una simple pelea de matrimonio.

Había sido algo más.

Algo que había cambiado su forma de mirarme.

Apoyé las manos sobre el marco de la ventana mientras pensaba.

Valeria siempre había sido predecible.

Tranquila.

Controlada.

Pero una mujer herida podía hacer cosas inesperadas.

Especialmente cuando su orgullo estaba en juego.

Saqué el teléfono otra vez.

Un mensaje apareció pocos segundos después.

“La estamos buscando, señor.”

Sonreí levemente.

—Más te vale que la encuentres rápido —murmuré para mí mismo.

Porque si había algo que no toleraba… era perder el control de una situación.

Y si Valeria realmente había decidido vengarse de mí… solo esperaba que no hubiera cometido el error de acercarse al único hombre capaz de convertir esto en un verdadero problema.

Alejandro.

Mi mandíbula se tensó apenas al pensar en ese nombre.

Porque si mi instinto no estaba equivocado…

-Maldita sea Valeria ¿por qué con él ? —

No podía soportar la idea de que ese hombre hubiera estado con ella, aunque cometi el error de meterme con su hermana, mi amor siempre fue para Valeria y no permitiría que él me la arrebatara.

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