El silencio en la habitación del hotel era tan denso que casi podía tocarlo. Dejé la caja con mis pertenencias —apenas un par de libretas y una taza que ni siquiera llegué a desempacar— sobre el escritorio impersonal. Dos días. Había durado exactamente cuarenta y ocho horas en mi nuevo empleo antes de ser escoltada a la calle por seguridad. Era, sin duda, un fracaso en tiempo récord. Daniel se reiría hasta las lágrimas si supiera que su "brillante" esposa no pudo sostener un empleo ni una seman