Una tentación peligrosa

El segundo trago llegó demasiado rápido.

O tal vez fui yo quien lo bebió demasiado rápido.

El bar del hotel estaba casi vacío a esa hora y las luces tenues hacían que todo se sintiera irreal, como si estuviera viviendo una escena de la vida de otra persona.

Una mujer que no era yo.

Porque la Valeria de hace unas horas jamás habría estado sentada en un bar con el enemigo de su esposo.

Pero esa mujer había desaparecido en el momento en que abrí aquella puerta.

Giré lentamente el vaso entre mis dedos.

—Estás pensando demasiado —dijo él.

Levanté la mirada.

—¿Ah, sí?

—Se nota.

Solté una pequeña risa.

—Acabo de descubrir que mi esposo me engaña con mi hermana. Creo que tengo derecho a pensar demasiado.

Él no discutió eso.

Se limitó a observarme con esa mirada intensa que parecía ver más de lo que yo decía.

—Si te quedas aquí —dijo finalmente— vas a seguir pensando en lo mismo.

Suspiré.

—Probablemente.

—Y si te vas a tu casa…

—También.

Una leve sonrisa apareció en su rostro.

—Entonces estás atrapada.

Lo miré durante unos segundos.

Sabía exactamente lo que estaba pasando.

Sabía hacia dónde iba esto.

Y aun así… no me moví.

—Podríamos irnos de aquí —dijo después.

Levanté una ceja.

—¿A dónde?

—A cualquier lugar donde no tengas que pensar en Daniel por un rato.

Mi corazón dio un pequeño salto.

Sabía lo que significaba aceptar.

Sabía que era una mala idea, dudé por un segundo.

—Esto es una mala idea —murmuré.

—Lo es.

—Muy mala.

—Definitivamente.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros.

Y entonces hice algo que jamás habría hecho en otro momento de mi vida.

Me puse de pie.

—Bueno —dije tomando mi bolso—. Entonces hagámoslo.

Por primera vez pareció sorprendido.

Pero se levantó también.

Dejó algo de dinero sobre la mesa y caminamos hacia el ascensor.

El trayecto fue corto, pero el silencio entre nosotros se volvió más intenso con cada paso.

Cuando las puertas del ascensor se cerraron, sentí de repente el peso de lo que estaba haciendo.

—Todavía puedes arrepentirte —dijo.

Lo miré.

—¿Quieres que lo haga?

Negó lentamente.

—No.

—Entonces no lo sugieras.

Las puertas se abrieron unos segundos después.

El pasillo estaba en silencio.

Caminamos hasta que él se detuvo frente a una puerta.

Sacó una tarjeta del bolsillo de su chaqueta y la deslizó por el lector.

La luz verde parpadeó.

La puerta se abrió.

Por un segundo dudé.

Solo un segundo.

Luego entré.

La puerta se cerró suavemente detrás de mí.

El sonido fue casi imperceptible, pero aun así hizo que mi corazón latiera más rápido.

Por un momento me quedé de pie cerca de la entrada, observando la habitación.

La suite era enorme.

Las luces cálidas iluminaban un espacio elegante y silencioso. Había un gran ventanal desde donde se veía la ciudad llena de luces, un sofá de cuero oscuro y una mesa baja con una botella de vino que probablemente costaba más que un salario de un mes.

Todo parecía demasiado lujoso.

Demasiado tranquilo.

Sentí su presencia detrás de mí.

Me acerqué lentamente al ventanal.

—Bonita vista —murmuré.

—Sí —respondió él—. Pero no es lo que más me llamó la atención esta noche.

Me giré lentamente.

Estaba observándome con una intensidad que hizo que mi respiración se volviera más lenta.

—Todavía puedes irte —dijo.

—¿Quieres que me vaya?

—No.

Hizo una pequeña pausa.

—Pero quiero que sea tu decisión.

Lo observé unos segundos

Luego caminé hacia él.

Cuando me detuve frente a él, la distancia entre nosotros era mínima.

Podía sentir el calor de su cuerpo.

Su mirada descendió hacia mis labios.

—Valeria… —murmuró.

Pero ninguno de los dos retrocedió.

El momento duró apenas un segundo más.

Luego desapareció.

Sus labios encontraron los míos con una intensidad que me robó el aire.

El beso no fue suave.

Fue urgente.

Como si ambos estuviéramos tratando de olvidar algo.

Mis manos se aferraron a su camisa mientras él me acercaba más hacia su cuerpo.

Sentí sus manos deslizarse por mi espalda y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

Cuando nos separamos apenas unos centímetros para respirar, su frente descansó contra la mía.

—Todavía puedes detenerte —susurró.

Negué con la cabeza.

Porque en ese instante no quería detenerme.

Volví a besarlo.

Esta vez más lento.

Más profundo.

La habitación quedó en silencio, excepto por nuestras respiraciones entrecortadas.

En algún momento nos movimos hacia la cama.

Me recostó sobre la cama y sus manos se fueron deslizando recorriendo todo mi cuerpo, como si quisiera grabar cada parte de él.

Y perdí

Perdí el control, perdí el recuerdo de aquella traición y el dolor que me provocaba. En ese momento solo existíamos él y yo junto con todas aquellas sensaciones que recorrían mi cuerpo cuando me tocaba.

La ropa fue desapareciendo, sentí su hombría.

Y entonces me llenó.

Mi cuerpo se arqueó, el deseo y el placer nublaban mi mente.

POV: Alejandro

Cuando se acercó, no hubo necesidad de decir nada más.

La besé despacio al inicio, más por medirla que por contenerme… pero no tardó en responder igual, sin dudar, como si ya hubiera tomado la decisión antes de hacerlo.

Eso fue lo primero que me llamó la atención.

No hubo vacilación.

La forma en que se acomodó contra mí dejó claro que no estaba ahí por impulso.

No era algo que se le hubiera salido de control.

Estaba ahí porque quería estarlo.

Mis manos recorrieron su espalda con calma, sintiendo cómo poco a poco dejaba de tensarse.

No había rigidez en ella, solo esa transición… de estar alerta a simplemente dejarse llevar.

Y no era algo que pasara rápido.

Pero sí lo suficiente para notarlo.

En algún punto bajé el ritmo.

No para detenerme.

Solo para separarme lo justo y mirarla bien.

El rostro ligeramente sonrojado.

La respiración más marcada.

Y esos labios…

que eran difíciles de ignorar incluso antes, ahora mucho más.

Se veía bien.

Muy bien.

Sin esfuerzo.

Sin estar intentando nada.

Volví a acercarme, esta vez sin esa pausa inicial.

Y ella no retrocedió.

Al contrario.

La forma en que respondía no era exagerada.

No había nada forzado.

Nada que se sintiera actuado.

Eso era lo que más destacaba.

No parecía alguien que hiciera esto con cualquiera.

Pero tampoco alguien que estuviera dudando en ese momento.

Se dejaba llevar… pero no se perdía.

Seguía presente.

Y eso la hacía diferente.

La sostuve con firmeza, marcando el ritmo sin necesidad de imponerlo.

Ella se acomodó sin dificultad, como si entendiera exactamente hacia dónde iba todo.

No hubo palabras.

No hacían falta.

Solo esa sensación constante de que ninguno de los dos estaba intentando frenar lo que estaba pasando.

En medio de todo, volví a detenerme apenas.

Otra vez para verla.

No era algo que hiciera normalmente.

Pero con ella…

sí.

Había algo en la forma en que reaccionaba que hacía que valiera la pena observar.

No solo seguir.

Pasé la mirada por ella sin prisa.

Y ahí fue cuando lo pensé sin darle muchas vueltas:

Daniel había sido un completo idiota.

No cualquiera tiene a una mujer así frente a él…

y simplemente no lo ve.

Porque Valeria no era complicada.

Pero tampoco era fácil de ignorar.

Y en ese momento se notaba más.

No estaba intentando impresionar.

No estaba fingiendo nada.

Solo estaba ahí.

Y eso…

era suficiente para no querer apresurar nada.

Ni detenerlo.

El silencio se quedó en la habitación sin volverse incómodo, más bien tranquilo, como si ninguno tuviera ganas de romperlo; me acomodé sin apuro, todavía sintiendo cómo todo se iba calmando poco a poco, y en algún momento me di cuenta de que su respiración ya era más lenta, más regular, como si se hubiera quedado dormida sin darse cuenta, la miré apenas un segundo para confirmarlo y luego simplemente volví a recostarme, cerrando los ojos sin darle más vueltas, dejando que el cansancio terminara de hacer lo suyo… hasta que yo también me quedé dormido.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP