Cerré la puerta de la habitación del hotel y el silencio me golpeó como una losa. Me quedé ahí, de pie, mirando las paredes neutras que no me decían nada. Estaba suspendida, señalada y fuera de mi elemento. Pero en lugar de dejar que el pánico me dominara, obligué a mi mente a trabajar.
Empecé a caminar de un lado a otro, sintiendo la textura de la alfombra bajo mis pies. Mis ojos, que en el reflejo del espejo se veían de un café muy clarito por la luz que se filtraba entre las cortinas, delata