Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Valeria
Desperté lentamente. No de golpe, no confundida… solo con esa sensación extraña de no estar en mi lugar. Las sábanas eran suaves. Demasiado. Y el silencio… distinto. Abrí los ojos. El techo no era el mío. Y entonces lo recordé. Todo. Cerré los ojos otra vez, solo un segundo. —Ok… —murmuré, más para mí que para otra cosa. Respiré hondo antes de girarme ligeramente. Y lo vi. Alejandro estaba ahí. A unos centímetros. Dormido. Tranquilo. Como si nada. Como si lo de anoche no hubiera sido… lo que fue. Me quedé mirándolo unos segundos. No sabía exactamente qué estaba pensando. Solo que era raro. Muy raro. Me incorporé con cuidado, intentando no hacer ruido. El movimiento de las sábanas fue suficiente para recordarme otra cosa. Y eso hizo que me tensara un poco. —Genial… —murmuré por lo bajo. Me llevé una mano al rostro, exhalando despacio. No iba a entrar en pánico. No era ese tipo de situación. Pero tampoco iba a fingir que era normal. Busqué mi ropa con la mirada. Estaba en el suelo. Eso no ayudaba. La recogí rápido y me vestí sin pensarlo demasiado. No quería analizarlo. No todavía. Cuando terminé, tomé mi bolso de la silla. Todo estaba en su lugar. Al menos algo tenía sentido. —¿Te vas a ir sin decir nada? La voz detrás de mí me hizo girarme. Alejandro ya estaba despierto. Apoyado sobre un brazo, mirándome como si llevara rato observándome. —No quería despertarte —respondí. —Ya estaba despierto. —Claro. Hubo un pequeño silencio. No incómodo. Pero tampoco cómodo. —Dormiste bien —dijo. No fue pregunta. —Sí. Hice una pausa. —¿Tú? —Lo suficiente. Asentí, sin saber muy bien qué más decir. Me acomodé un poco el cabello, más por hacer algo que por otra cosa. —Creo que debería irme. Alejandro no respondió de inmediato. Solo me miró. Como evaluando algo. —No tienes que irte corriendo. —No estoy corriendo. —Lo parece. —No lo es. Se sentó en la cama, pasando una mano por su cabello. —Valeria. Su tono fue tranquilo. Pero firme. —No voy a hacer esto incómodo. Eso me hizo mirarlo. —No es incómodo. Alzó una ceja. —¿Segura? —Lo estoy intentando. Eso le sacó una leve sonrisa. —Eso es más honesto. Hubo una pausa. Más relajada esta vez. —Lo de anoche… —empezó. Lo interrumpí. —No necesitas decir nada. —No iba a disculparme. Eso me tomó por sorpresa. —Ah… —Tampoco voy a actuar como si no hubiera pasado. Lo miré unos segundos. —Bien. —Bien. Otra pausa. Pero ya no era tensa. Solo… nueva. —Fue decisión de los dos —añadió. —Lo sé. —Y no voy a usarlo en tu contra. —No lo harías. —No. Tomé aire. —Aun así… no es algo que suela hacer. —Lo imagino. —Y menos en mi situación. Alejandro asintió ligeramente. —También lo imagino. Me crucé de brazos. —No quiero que esto complique nada. —No tiene por qué. —Bien. —A menos que tú quieras que lo haga. —No. Respondí demasiado rápido. Eso no pasó desapercibido. Alejandro no insistió. Y eso, otra vez… me llamó la atención. —Entonces estamos de acuerdo —dijo. —Sí. —Bien. Se levantó de la cama sin prisa. —Hay café abajo si quieres. —No creo quedarme tanto. —Como quieras. Tomé mi bolso. —Gracias… por anoche. No sabía si era la frase correcta. Pero fue la que salió. Alejandro la sostuvo un segundo. —No tienes que agradecerlo. —Igual lo hago. Me dirigí hacia la puerta. Pero antes de salir, me detuve. —Alejandro. —¿Sí? —Esto… se queda aquí. No era una petición. Era necesario. Él no dudó. —Claro. Asentí. Y salí. Apenas crucé el lobby lo vi. Daniel. De pie, cerca de la entrada, con las manos en los bolsillos como si llevara rato ahí. No parecía sorprendido. Eso fue lo primero que me hizo tensarme. No fue casualidad. Me encontró. Seguí caminando como si no fuera conmigo, pero no llegué ni a la mitad. —Así que aquí estabas… Su voz no fue alta, pero sí lo suficiente para detenerme. Cerré los ojos un segundo antes de girarme. —¿Qué haces aquí, Daniel? Él soltó una risa leve, de esas que no tienen nada de humor. —¿En serio me vas a preguntar eso? —dijo, mirándome de arriba abajo—. Te desapareces toda la noche, no contestas, no estás en casa… y me sales con eso. Me crucé de brazos. —No te contesté porque no quería hablar contigo. —Ah, bueno —respondió, levantando las cejas—. Eso ya lo noté. Me llamaste la atención con las veinte llamadas ignoradas. —No exageres. —No estoy exagerando, Valeria. Estoy tratando de entender en qué momento decidiste desaparecer sin decir nada. —No desaparecí. Me fui. —Es lo mismo. —No lo es. —Claro que lo es —replicó—. Cuando alguien se va así, sin avisar, sin decir dónde está… es porque no quiere que lo encuentren. Lo miré fijo. —Exacto. Eso lo hizo quedarse en silencio un segundo. Pero solo un segundo. Daniel dio un paso hacia mí, bajando un poco la voz. —¿Estuviste aquí toda la noche? No respondí de inmediato. No porque no supiera qué decir. Sino porque no tenía por qué decirle nada. —No tienes derecho a preguntarme eso. —Valeria, no me jodas —soltó, más bajo pero más tenso—. Te estoy encontrando saliendo de un hotel después de que desapareciste toda la noche. ¿Qué se supone que piense? —Piensa lo que quieras. —Eso estoy haciendo. —Perfecto. —No, no es perfecto. Se pasó una mano por el rostro, claramente frustrado. —Esto no es normal en ti. —Pues ya es momento de que te acostumbres. —No eres así. —¿Y tú sí eres así? —respondí—. ¿Lo de anoche con mi hermana sí es “normal” en ti? El golpe lo hizo tensarse. —No mezcles las cosas. —¿No las mezcle? —repetí—. ¿En serio me estás diciendo eso? —Estoy diciendo que no puedes usar eso para justificar cualquier cosa que hagas ahora. —No estoy justificando nada —dije—. Estoy tomando una decisión. —¿Desapareciendo en un hotel? —Alejándome de ti. Daniel soltó una risa seca. —Sí, claro… “alejándote”. Se acercó un poco más. —¿Y eso incluye pasar la noche aquí? No respondí. Lo sostuve la mirada. Y eso fue suficiente para que él entendiera más de lo que dije. —Joder… —murmuró, negando con la cabeza—. No te reconozco. —No tienes que hacerlo. —Claro que tengo que hacerlo, eres mi esposa. —Por ahora. —Deja de repetir eso como si ya fuera un hecho. —Lo va a ser. Daniel me miró unos segundos, más serio. —Dime algo, Valeria… —dijo con voz más baja—. ¿estás sola en todo esto? No respondí. Me giré sin esperar a que hablara de nuevo. No quería alargarlo más. No ahí. No con gente pasando alrededor como si nada estuviera ocurriendo. Di un par de pasos hacia la salida, sintiendo su mirada en la espalda. No me detuve.






