Mabel
Golpeó a Vicenzo con mis puños.
—¡Quiero irme, maldita sea! —dije, abofeteando su rostro sin medir fuerza ni consecuencia.
No fue un golpe certero, fue un movimiento que grita desesperación pura. Vicenzo no se defendió, ni me sujetó, solo dio un paso atrás, sorprendido más por mi estado que por el golpe.
—Señora, por favor, puede lastimarse y… —intentó decir más, pro detuve su discurso barato. Él no tiene culpa, pero es complice.
—¡No me llames así! —grité sin importar parecer una loca.