El motor aún estaba caliente cuando Sebastián apagó las luces del coche. Afuera, la carretera se perdía en la oscuridad, y solo el murmullo lejano del viento rompía el silencio. Yo seguía temblando, con los dedos crispados contra el asiento.
Él me miró largo rato, con esa intensidad que me hacía sentir desnuda incluso vestida.
—Mírame, Ana —dijo con voz grave.
Obedecí. Sus ojos estaban oscurecidos por la rabia de la persecución, pero debajo había algo nuevo: preocupación genuina.
—No tienes ide