La ciudad parecía dormida, pero en las sombras había ojos vigilando. Lo supe cuando el coche negro apareció en el retrovisor, pegado a nosotros como una sombra imposible de sacudir.
—Nos encontraron —susurré, helada.
Sebastián maldijo entre dientes y pisó el acelerador. Las luces de los faros nos cegaban por momentos, la sirena de una patrulla comenzó a sonar a lo lejos. El aire en el coche se volvió irrespirable.
—Agárrate —dijo con esa calma feroz que solo él podía tener.
Giró bruscamente por