La madrugada nos encontró en silencio, con los cristales del coche empañados y un mundo que por fin dejaba de perseguirnos. No había sirenas ni luces a lo lejos; solo el latido espeso de la noche y el mío, que parecía aprender a respirar otra vez.
—No tienes que hablar —dijo Sebastián, sin mirarme todavía—. A veces el cuerpo entiende antes que la cabeza.
Me sorprendió que dijera “cuerpo” con esa naturalidad, sin suciedad, como si nombrara algo sagrado. Me quedé observando el vapor que se formab