El apartamento era un refugio silencioso, casi asfixiante. Apenas amanecía y yo no había pegado un ojo. Sebastián dormitaba en una silla, con la chaqueta sobre los hombros, la pistola —sí, una pistola— descansando sobre la mesa de centro como si fuera un adorno cotidiano.
Me quedé mirándola. Brillaba bajo la luz tenue de la lámpara, demasiado real. En ese momento entendí algo: Sebastián no era solo el hombre de las pruebas, de los archivos y los planes inteligentes. Era alguien que vivía prepar