No cerré los ojos en toda la noche. Cuando Julián se levantó al amanecer, fingí seguir dormida. Escuché cada movimiento: la ducha, el sonido de su corbata ajustándose, el chasquido de la hebilla de su cinturón.
El beso en mi frente fue automático, sin calor.
La puerta se cerró y mi corazón comenzó a golpear como un tambor.
Me vestí a toda prisa y salí diez minutos después. Mi auto estaba estacionado unas cuadras más allá, oculto tras un árbol. Encendí el motor y lo esperé. A los pocos minuto