La mañana transcurrió en un silencio extraño. Julián salió temprano, con esa serenidad ensayada que me erizaba la piel. Apenas la puerta se cerró, me derrumbé en la mesa de la cocina, con las manos temblando.
No podía dejar de pensar en lo que había visto en el edificio de residencias: su mano sobre la de ella, la complicidad en sus risas. Clara ya no era un nombre en notas o mensajes… era carne y hueso.
A media tarde, el timbre sonó.
Me sobresalté. Miré por la mirilla. Una mujer esperaba frent