El sonido de la cafetera era lo único que rompía el silencio de la mañana. Me esforcé por parecer tranquila, aunque dentro de mí la carpeta oculta en el clóset quemaba como una bomba a punto de estallar.
Julián apareció en la cocina con su habitual elegancia. Camisa blanca impecable, corbata perfectamente anudada. Sonrió al verme, pero en sus ojos había algo distinto: una chispa de sospecha.
—Hoy te levantaste más temprano —comentó, sirviéndose un café.
—No podía dormir —respondí, fingiendo una