La cabaña estaba envuelta en un silencio cargado de presagio, la tensión palpable como una cuerda al límite de romperse. Lia los observaba, sus manos temblorosas, incapaz de detener lo que sabía que iba a suceder. Los ojos de Dorian se fijaron en la distancia, donde se encontraba Craven destilando arrogancia en su postura.
—Hemos vuelto por nuestro rey —pronunció Craven, pero su tono era gélido como un filo y cargado de ironía. Dorian sabía por qué estaba ahí.
Dorian se deslizó hacia él con la