Lia despertó con el repiqueteo incesante de gotas de agua en la piedra fría. Estaba en una cámara subterránea, húmeda y vasta, anclada a una columna de roca por cuerdas ásperas que le cortaban la piel. El aire era pesado, una mezcla terrosa con incienso y la espesa esencia de la magia ancestral.
—Despertaste justo a tiempo, hija —dijo una voz áspera y profunda, que resonó en el silencio de la catacumba.
—Padre —siseó Lia, tirando inútilmente de las ligaduras. El sonido de su propia voz era un e