El día había transcurrido con la lentitud engañosa de un reloj de arena, una quietud que no era más que la calma antes de la tormenta. Y Lia lo había presentido, su vientre, la brújula de su terror, se había tensado con cada hora.
La rutina, vestida de normalidad, era el único escudo contra la ansiedad. Lia pasó las horas cerca de la ventana. Cassian y Dorian se mantuvieron cerca, aunque el uno entrenaba a su manada y el otro planeaba la defensa, sus miradas regresaban a ella como agujas a un i