El carmesí en las iris de Dorian poseía un fulgor ardiente que mantenía a Lia encadenada a la pared. Ella apenas podía respirar, sentía el muro helado en su espalda y el calor abrasador de su furia frente a ella, pero también algo más.
Lia pudo percibir un rastro de dolor que le apretó el pecho.
—Dorian, no… —murmuró con un ligero temblor.
La mandíbula de Dorian se apretó y una mezcla de rabia interna y culpa lo azotó como una oleada indómita.
—Incluso siendo una bestia sedienta de sangre… nunc