La presión de la mano de Craven sobre la boca de Lia era sofocante, como un grillete invisible que apagaba todo intento de gritar. Sus ojos se abrieron con un terror helado, encontrándose con la mirada cruel de aquel vampiro que la observaba desde las sombras.
Por un instante, su mente quiso creer que todo era un mal sueño, una pesadilla nacida del cansancio y del miedo acumulado. Pero el terror que le oprimía el pecho era real, tan real como el brillo malicioso en los ojos de Craven.
—Shhh…