El hospital St. Bernard’s olía a desinfectante, café recalentado y cansancio. El reloj marcaba las nueve de la mañana y el turno de Violeta apenas comenzaba. La joven llevaba el cabello recogido en un moño desordenado, la bata blanca impecable y una sonrisa amable que escondía las ojeras que el maquillaje no lograba disimular.
Su jornada transcurría entre pasillos abarrotados y murmullos apagados. Revisaba signos vitales, cambiaba vendas, tomaba notas y escuchaba con atención cada historia que