El amanecer se filtraba tímidamente por las amplias ventanas del hospital. El silencio del pasillo se rompía solo por el eco de los pasos de las enfermeras y el leve pitido de los monitores cardiacos que resonaban a lo lejos.
Violeta estaba sentada en la banca de metal frente a la habitación de su padre, con las manos entrelazadas sobre el regazo y la mirada perdida. No recordaba cuándo fue la última vez que había dormido bien; el cansancio pesaba en sus ojos, pero su mente seguía despierta, ll