El aire frío de la mañana londinense rozaba la piel como una caricia inquieta. Los muros del tribunal, que unas horas antes habían contenido tensión, ahora guardaban un silencio solemne. Violeta salió despacio, sosteniendo su bolso contra el pecho, con el corazón latiendo con fuerza. No era miedo, sino una mezcla de alivio y confusión.
A su lado, Ethan caminaba en silencio. El joven parecía distinto: su postura encorvada, los ojos enrojecidos, la voz apagada. Había testificado, se había redimid