Capitulo 5

Lucía caminaba de un lado a otro en su oficina, el taconeo de sus zapatos resonaba contra el mármol como una cuenta regresiva. Sabía que, en el mundo que ella misma había construido, la traición era la única moneda de cambio. Detrás de ella, como sombras fieles pero peligrosas, Mercedes, la sicaria de mirada gélida, y Rafael, su confidente más cercano, aguardaban una señal. Había un pacto silencioso entre ellos: el poder se mantenía con sangre o con silencio.

Mientras tanto, lejos de la frialdad de la ciudad, Gabriel buscaba respuestas en un pintoresco pueblo de campos infinitos. Allí conoció a Paula, una campesina de manos ásperas y mirada esquiva.

—Hola, señor. Se ve que no es de por aquí, ¿busca a alguien? —preguntó Paula, limpiándose el sudor de la frente.

Gabriel se detuvo, impresionado por la serenidad del paisaje que contrastaba con su tormenta interna.

—No exactamente. Un amigo me habló de este lugar... dijo que era el rincón más tranquilo del mundo. Pero dígame, ¿conoce a la señora doña Rosa? Dicen que vive cerca.

Paula sintió un escalofrío. El resentimiento que guardaba desde niña hacia María, la esposa de Gabriel, floreció de inmediato. Los celos la consumían; siempre quiso lo que María tenía.

—¿Y por qué tanto interés, señor? —respondió ella con un deje de amargura en la voz.

Gabriel la miró con desdén, detectando la hostilidad.

—Si llega a saber algo, avíseme. No estoy para juegos de pueblo.

Esa noche, una tormenta estalló. Gabriel se refugió en un hotel de paso, observando la lluvia golpear el cristal. Frente al espejo, se desconocía. "Incluso si María fuera inocente, como ella juraba, el daño ya está hecho. El dolor me está transformando en alguien que no quiero ser", susurró para sí mismo.

En la mansión, la cena transcurría bajo un silencio sepulcral. Lucía rompió el hielo con una pregunta cargada de veneno:

—¿Qué hay de la 'broma' en la cárcel, Rafael?

—María ha hecho alianzas, patrona. Dos mujeres la cuidan.

—No quiero alianzas, quiero resultados —sentenció Lucía—. Haz lo que sabes hacer. Sin errores, o el próximo nombre en la lista será el tuyo.

El peso del silencio

Rafael asintió mecánicamente, aunque un ligero temblor en su mano derecha —casi imperceptible para cualquiera que no fuera Lucía— delataba su inquietud. Salir de la mansión bajo la lluvia torrencial se sintió como una liberación, pero el encargo pesaba más que el agua sobre sus hombros. Sabía que Lucía no amenazaba en vano; en su tablero, las piezas que dejaban de ser útiles simplemente desaparecían.

Mercedes, que hasta entonces había permanecido inmóvil como una estatua de hielo, rompió el silencio cuando Rafael se marchó.

—Él tiene dudas, Lucía. Y las dudas en este negocio son grietas por donde se filtra la policía.

—Rafael es leal por miedo —respondió Lucía, sirviéndose una copa de vino tinto—. Y el miedo, Mercedes, es un motor mucho más fiable que la lealtad.

Un encuentro bajo la tormenta

Mientras tanto, en el pueblo, Paula no podía dormir. El odio es un fuego que necesita alimentarse, y la aparición de Gabriel había sido gasolina pura. Salió de su choza protegida por una manta vieja y caminó hacia el hotel de paso. No buscaba redención, buscaba caos.

Encontró a Gabriel en el pequeño porche del hotel, fumando un cigarrillo cuyo humo se perdía en la humedad del aire.

—¿Sigue despierta, Paula? —preguntó Gabriel sin mirarla—. Pensé que en el campo se dormía con las gallinas.

—Hay verdades que no dejan descansar, señor —dijo ella, acercándose hasta que la luz amarillenta del farol reveló su sonrisa torva—. Usted busca a Doña Rosa para limpiar el nombre de su esposa, ¿verdad? Pues debería saber que María no era la santa que usted cree. Antes de irse a la ciudad, ella ya sabía cómo manejar a los hombres... y cómo enterrar secretos.

Gabriel se tensó. El desprecio inicial se convirtió en una curiosidad dolorosa.

—Hable claro o lárguese.

—Doña Rosa tiene las cartas que María nunca envió. Cartas destinadas a alguien que no era usted. Si quiere la verdad, búsquela en el sótano de la vieja casona, detrás del retablo de la virgen. Pero cuidado, Gabriel... la verdad suele ser más fea que la mentira.

El rugido de la prisión

A kilómetros de allí, tras los muros de piedra y alambre de espino, María despertaba sobresaltada. El sonido de una rejilla abriéndose fuera de hora rompió la calma del pabellón. Sus dos aliadas, "La Flaca" y Carmen, se incorporaron de inmediato.

—Algo no va bien —susurró La Flaca, empuñando un objeto punzante fabricado con un cepillo de dientes—. No es guardia, los pasos son demasiado ligeros.

María sintió un frío polar recorrer su espalda. Recordó las palabras de Gabriel en su última visita: "El dolor me está transformando". Se preguntó si el hombre que amaba seguía allí afuera o si, al igual que Lucía, él también estaba empezando a mover piezas en su contra.

De las sombras del pasillo emergió una figura con uniforme de custodio, pero con la mirada vacía de quien ya ha vendido su alma. El mensaje de Rafael había llegado a destino.

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