Lucía caminaba de un lado a otro en su oficina, el taconeo de sus zapatos resonaba contra el mármol como una cuenta regresiva. Sabía que, en el mundo que ella misma había construido, la traición era la única moneda de cambio. Detrás de ella, como sombras fieles pero peligrosas, Mercedes, la sicaria de mirada gélida, y Rafael, su confidente más cercano, aguardaban una señal. Había un pacto silencioso entre ellos: el poder se mantenía con sangre o con silencio.Mientras tanto, lejos de la frialdad de la ciudad, Gabriel buscaba respuestas en un pintoresco pueblo de campos infinitos. Allí conoció a Paula, una campesina de manos ásperas y mirada esquiva.—Hola, señor. Se ve que no es de por aquí, ¿busca a alguien? —preguntó Paula, limpiándose el sudor de la frente.Gabriel se detuvo, impresionado por la serenidad del paisaje que contrastaba con su tormenta interna.—No exactamente. Un amigo me habló de este lugar... dijo que era el rincón más tranquilo del mundo. Pero dígame, ¿conoce a la
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