Capitulo 4

María miró fijamente a Enrique, con los ojos encendidos por la desesperación.

—Debemos investigar bien, Enrique. No me cabe duda de que Lucía planeó todo esto.

Enrique asintió con gravedad.

—Tienes razón. Pero necesitamos ir a las fuentes. Lucía tiene aliados, como César, el coronel de la policía en Nueva York. Déjame contactar al juez Johnson.

—Exacto —respondió María con firmeza—. El juez Johnson es clave. Lucía mencionó su nombre antes.

Enrique salió de la cárcel y marcó el número.

—¿Quién eres? —preguntó el juez Johnson al otro lado de la línea.

—Soy el abogado de María. Quiero saber si hay alguna posibilidad de investigar a la señora Lucía.

El juez suspiró.

—Lo siento, eso no está en mi jurisdicción. Habla con la fiscal Grey.

Enrique colgó, frustrado, y llamó a la fiscal.

—Señora Grey, soy el abogado de María, condenada injustamente. ¿Podemos investigar a Lucía?

La fiscal respondió tajante:

—No puedo arriesgar mi carrera. Lucía es poderosa.

Enrique murmuró para sí:

—Nadie quiere investigar a Lucía. Saben que su vida o su profesión estarían en peligro.

Mientras tanto, Lucía y Andrés se reunían en un rincón apartado de un restaurante.

—Mañana es el día —susurró Lucía—. Gabriel quedará solo, y tú renunciarás a la presidencia de la empresa.

—Pero no debemos aparecer en esto —replicó Andrés, inquieto—. Gabriel no debe sospechar que fuimos nosotros.

Lucía sonrió con confianza.

—No te preocupes. Gabriel no descubrirá nuestra participación.

Desesperado, Gabriel finalmente renunció. Su abogado Salazar le sugirió un viaje a Berlín para celebrar el décimo cumpleaños de su hijo, Dairon.

Diez años después, Gabriel regresó a la mansión. Marta, la fiel señora del servicio, lo recibió con una sonrisa.

—¡Bienvenido de vuelta, patrón Gabriel! ¿Cómo le fue en Alemania? Y Dairon, ¡está enorme!

—Todo fue bien —respondió Gabriel—. Pero dime, ¿dónde están Lucía y Andrés?

—Ambos están en la empresa. Te dejo al niño y me dirijo allá. Veremos quién es el presidente ahora.

Una hora y media después, Gabriel entró en la oficina presidencial. Allí estaba Lucía, sentada en el sillón de poder, con Andrés a su lado como gerente.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Lucía con frialdad.

Gabriel sonrió con ironía.

—Veo que eres la presidenta. Tus ambiciones pudieron más.

Lucía lo miró con desprecio.

—¿Determinación? Eso no te salvará. La empresa es mía ahora. Tú eres historia.

Gabriel respondió con voz baja pero firme:

—No subestimes a los caídos, Lucía. Volveré.

Las noches se convirtieron en aliadas de Gabriel. Archivos, sombras, códigos: todo lo investigaba con sed de venganza. Descubrió cuentas offshore, movimientos sospechosos, nombres repetidos. Un hombre misterioso apareció en la penumbra de un despacho.

—Has llegado lejos, Gabriel. Pero ten cuidado, hay fuerzas que no puedes controlar.

—¿Quién eres? —preguntó Gabriel.

—Soy solo un mensajero. Busca en el pasado, en los cimientos de la empresa. Allí encontrarás la verdad.

Lucía, desconfiada, decidió eliminar a Antonio, el espía que filtraba información a Gabriel. Se reunió con Mercedes, la sicaria.

—Es un traidor. No puedo permitir que siga interfiriendo —dijo Lucía, entregando una fotografía.

Mercedes preguntó con voz helada:

—¿Cómo quieres que lo haga?

—Sin rastro. Sin testigos. Que parezca un accidente.

Mercedes sonrió.

—Entendido.

Esa noche, Antonio encontró su destino en un callejón oscuro. La daga de Mercedes brilló antes de hundirse en su corazón. Lucía observó desde la distancia, con una mezcla de alivio y culpa.

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