Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl juicio en España era una farsa técnica, pero para María era la vida misma. Enrique, su abogado, se desvivía frente al juez:
—Señor Juez, miren estos informes. María no solo ha cumplido su condena, ha transformado esta prisión. Enseña a leer, pacifica conflictos... Es una mujer nueva.
Pero María no escuchaba. Su mente estaba en una playa, años atrás, sintiendo la arena en los pies y el calor de Gabriel. Recordó el peso del anillo en su dedo y la primera vez que sintió a su hijo moverse en su vientre. Una lágrima solitaria recorrió su rostro. "¿Por qué me abandonaste cuando más te necesitaba?", pensó. "El amor no debería doler así".
Gabriel, por su parte, caminaba por el parque donde se besaron por primera vez. El aire olía a recuerdos.
—Tus ojos avellana... —susurró al viento—. Son los mismos que veo cada mañana en nuestro hijo. Me estoy volviendo loco, María. Te odio por lo que hiciste, pero me odio más a mí por no poder dejar de amarte.
El juez finalmente golpeó el mazo.
—Se le concederá una rebaja de 22 años por buena conducta.
Enrique celebró, pero María sintió un vacío. Los años perdidos no se recuperaban con firmas en un papel.
Tras el golpe del mazo, el bullicio de la sala judicial se convirtió en un zumbido lejano para María. Enrique se acercó a ella, rebosante de entusiasmo, y le tomó las manos con una calidez que a ella le resultaba ajena.
—¡Lo logramos, María! —exclamó él en un susurro emocionado—. Veintidós años menos... Estás a un paso de la libertad total.
María forzó una sonrisa, pero sus ojos seguían anclados en un pasado que no la soltaba.
—Gracias, Enrique. Eres el único que no me ha soltado la mano —respondió ella, aunque por dentro pensaba: “¿De qué sirve la libertad si el hombre que juró protegerme fue el primero en condenarme al olvido?”.
Mientras los guardias la escoltaban de regreso a la celda, el frío de las esposas en sus muñecas le recordó otro frío: el de la última noche que pasó con Gabriel. Cerró los ojos y, por un instante, el olor a desinfectante de la prisión fue reemplazado por el perfume de los jazmines del jardín de su antigua casa. Recordó a Gabriel acercándose por la espalda, envolviéndola en un abrazo que la hacía sentir invencible.
—Prométeme que, pase lo que pase, siempre seremos nosotros contra el mundo —le había susurrado él al oído aquella vez, antes de sellar la promesa con un beso que sabía a eternidad.
María apretó los dientes. Aquella promesa se había roto en mil pedazos la noche en que la policía se la llevó y él, en lugar de defenderla, bajó la mirada con una mezcla de asco y decepción.
A miles de kilómetros de allí, en aquel parque que guardaba los ecos de sus risas, Gabriel se dejó caer en un banco de madera desgastada. Sacó de su bolsillo una pequeña fotografía maltratada de María, la única que no había tenido el valor de quemar.
—¿Cómo pudiste hacerme esto, María? —le recriminó a la imagen, mientras sus dedos trazaban el contorno de su rostro—. Teníamos una vida... un hijo... un futuro que brillaba más que el sol.
De repente, un recuerdo lo asaltó con la fuerza de un huracán. Fue la tarde en que descubrieron que serían padres. Gabriel la había levantado en vilo, dándole vueltas en medio de la sala mientras ambos reían a carcajadas.
—Va a tener tu fuerza y mi terquedad —le había dicho ella, acariciándole la mejilla con una ternura que hoy le quemaba el alma—. Va a ser el fruto de este amor que no conoce límites.
Gabriel sintió un nudo en la garganta. El amor que sentía por ella era una enfermedad de la que no quería curarse. A pesar de las pruebas, a pesar de la traición que todos le aseguraban que ella había cometido, una parte de su corazón seguía gritando que María era inocente.
—Si tan solo me hubieras mirado a los ojos y me hubieras dicho la verdad... —sollozó él, ocultando el rostro entre sus manos—. Te habría esperado mil vidas. Te habría sacado de ese infierno con mis propias manos.
En la soledad de su celda, María se sentó en el borde del jergón. La luz de la luna se filtraba por los barrotes, dibujando sombras alargadas en el suelo de cemento. Se llevó la mano al pecho, justo donde solía colgar el relicario que Gabriel le regaló. Ya no estaba allí, se lo habían quitado al ingresar, pero el calor de su recuerdo seguía ardiendo.
—No voy a llorar más por ti, Gabriel —se juró a sí misma, aunque las lágrimas ya le nublaban la vista—. Voy a salir de aquí, voy a recuperar a mi hijo y voy a hacer que te arrepientas de cada segundo que dudaste de mí. Pero, Dios mío... ¿por qué sigo sintiendo que mi alma todavía te pertenece?
El drama de su separación no era solo de muros y kilómetros; era una guerra interna entre un amor que se negaba a morir y un orgullo herido que exigía justicia. Mientras ella se preparaba para la venganza, él se hundía en la nostalgia, dos almas destinadas a colisionar en un reencuentro que prometía ser tan apasionado como destructivo.
Mientras Enrique terminaba de recoger los documentos legales, notó que María seguía perdida, con la mirada fija en un punto inexistente de la pared fría del juzgado.
—María, ¿estás bien? —preguntó él, bajando la voz—. Es una victoria, deberías estar celebrando.
Ella parpadeó, regresando al presente, y soltó una risa amarga que heló la sangre del abogado.
—¿Victoria, Enrique? Me han devuelto años de papel, pero ¿quién me devuelve los besos que no le di a mi hijo? ¿Quién borra la marca de la traición de mi piel?
Enrique intentó consolarla poniéndole una mano en el hombro, pero ella se apartó con brusquedad. La dulzura de la María que él conoció se estaba transformando en una armadura de hielo.
—No me toques como si fuera de cristal —sentenció ella—. El cristal ya se rompió hace diez años. Ahora solo quedan los añicos, y cortan.
Mientras tanto, en el parque, Gabriel sentía que el aire le faltaba. Se levantó del banco, incapaz de seguir soportando el peso de los recuerdos. Caminó hacia el viejo roble donde habían tallado sus iniciales años atrás. Al ver que la corteza había crecido, casi borrando la "M" y la "G", un arrebato de furia lo dominó.
—¡Maldita seas, María! —gritó al vacío, golpeando el tronco con el puño—. ¿Por qué sigo buscándote en cada esquina? ¿Por qué mi cuerpo te extraña si mi mente te condena?
De regreso en la prisión, el drama no daba tregua. Al entrar en el pabellón, María fue interceptada por Roberta y su grupo.
—Vaya, vaya... la joyita de la corona regresó con un regalo del juez —se burló Roberta, obstruyéndole el paso—. ¿Crees que porque te rebajaron la condena vas a salir viva de aquí? Mercedes tiene ojos en todas partes, "reina".
María, en lugar de retroceder, dio un paso al frente, quedando a centímetros del rostro de su enemiga. El miedo había muerto en ella esa tarde en el juicio.
—Dile a Mercedes que guarde sus amenazas para alguien que todavía tenga algo que perder —susurró María con una calma aterradora—. Yo ya morí una vez. Ahora es mi turno de enterrar a los demás.
Esa noche, bajo una luna plateada que unía sus soledades, ambos vivieron un tormento paralelo. Gabriel, en su habitación, abrió un cajón secreto y sacó una carta que nunca envió, escrita en sus noches de borrachera y arrepentimiento.
"María, a veces deseo que fueras culpable de verdad, para que mi odio tuviera un refugio seguro. Pero cuando cierro los ojos, solo veo tu sonrisa bajo el sol de la playa y me pregunto: ¿en qué momento nos convertimos en estos extraños que se desangran por separado?"
En su celda, María se abrazaba a sí misma, temblando no de frío, sino de una sed de justicia que empezaba a confundirse con una pasión oscura. Sabía que el camino a la libertad estaba cerca, pero también sabía que, una vez fuera, el encuentro con Gabriel sería el golpe final.
—Prepárate, Gabriel —murmuró al aire viciado de la celda—. Porque el día que me veas de frente, no sabrás si quieres besarme o pedirme perdón antes de que te destruya.
El capítulo termina con una escena inquietante: en la oficina de Lucía, el teléfono suena. Es una llamada desde España.
—Patrona, la condena se redujo —informa una voz anónima—. María sale mucho antes de lo previsto.
Lucía aprieta el vaso de cristal en su mano hasta que este estalla, tiñendo sus dedos de rojo.
—Entonces asegúrense de que el "accidente" ocurra mañana mismo. No quiero a esa mujer respirando el mismo aire que yo.







