La oficina de la empresa textil estaba iluminada por lámparas doradas que reflejaban el lujo y el poder. Lucía, con una copa de champagne en la mano, observaba los documentos sobre la mesa como si fueran piezas de un tablero de ajedrez. Su mirada era fría, calculadora, lista para el próximo movimiento.
De pronto, la puerta se abrió con violencia. María entró con paso firme, desafiante, su voz cargada de rabia y dolor:
—Lucía… tu imperio mafioso no durará. Tus venenos no me destruirán. Volveré con más fuerza, y te juro que me vengaré.
La secretaria Valeria intentó detenerla, pero falló. Con nerviosismo, se disculpó:
—Perdón, señora Lucía… no pude detenerla.
Lucía, con una sonrisa helada, respondió con ironía:
—Déjala que desahogue su miseria. Ya habló, ya gritó… ahora puede volver al agujero de donde vino.
María, con la dignidad intacta, se retiró del lugar. Pero Lucía, enfadada, no soportó el tono desafiante de su rival.
En ese instante, Zelda apareció, elegante, con un aire triunfal