La oficina de la empresa textil estaba iluminada por lámparas doradas que reflejaban el lujo y el poder. Lucía, con una copa de champagne en la mano, observaba los documentos sobre la mesa como si fueran piezas de un tablero de ajedrez. Su mirada era fría, calculadora, lista para el próximo movimiento.
De pronto, la puerta se abrió con violencia. María entró con paso firme, desafiante, su voz cargada de rabia y dolor:
—Lucía… tu imperio mafioso no durará. Tus venenos no me destruirán. Volveré c