La mansión Soto amaneció envuelta en un silencio solemne, como si las paredes mismas guardaran secretos. Lucía descendió las escaleras con paso lento, cada tacón resonando como un decreto. Su mirada era fría, pero en sus labios se dibujaba una sonrisa apenas perceptible: la sonrisa de quien sabe que controla el destino de todos.
—El caos ya está sembrado —susurró, observando los titulares que hablaban del pasado de María—. Ahora solo falta regar el veneno.
En el salón, los sirvientes evitaban m