La mansión Soto amaneció envuelta en un silencio solemne, como si las paredes mismas guardaran secretos. Lucía descendió las escaleras con paso lento, cada tacón resonando como un decreto. Su mirada era fría, pero en sus labios se dibujaba una sonrisa apenas perceptible: la sonrisa de quien sabe que controla el destino de todos.
—El caos ya está sembrado —susurró, observando los titulares que hablaban del pasado de María—. Ahora solo falta regar el veneno.
En el salón, los sirvientes evitaban mirarla directamente. Lucía se acomodó en el sillón principal, como una reina en su trono, y ordenó con voz firme:
—Quiero que cada periodista reciba un nuevo fragmento de la verdad. No basta con destruirla en los tribunales; hay que aniquilarla en la opinión pública.
Su tono era calculador, elegante, sin necesidad de gritar. Cada palabra era un dardo envenenado.
Más tarde, recibió a Zelda. La joven entró con aire triunfal, pero Lucía la detuvo con una mirada helada.
—No te confundas, Zelda. Lo q