María corría por las calles de Nueva York bajo la lluvia, con lágrimas que se confundían con las gotas que caían sobre su rostro. El dolor la desgarraba por dentro: había visto con sus propios ojos cómo Mónica intentaba seducir a Gabriel. Su mundo se derrumbaba.
En la oficina, Gabriel se desplomó contra el escritorio, con la camisa desabrochada y el alma hecha pedazos. Mónica lo observaba con una sonrisa venenosa.
—¿Lo ves, Gabriel? —susurró con voz seductora—. María nunca fue suficiente para ti. Yo soy la mujer que puede darte lo que ella jamás pudo.
Gabriel se levantó de golpe, con los ojos llenos de furia.
—¡Cállate! —rugió—. ¡Tú no entiendes nada! María es mi vida, mi razón de existir.
Mónica se acercó lentamente, rozando su brazo.
—Entonces, ¿por qué no la detuviste cuando salió corriendo? ¿Por qué me dejaste acercarme?
Gabriel retrocedió, con el rostro desencajado.
—Porque soy un idiota… porque caí en tu juego.
En ese instante, la puerta se abrió de golpe. Era Iván Manasterio, e