María corría por las calles de Nueva York bajo la lluvia, con lágrimas que se confundían con las gotas que caían sobre su rostro. El dolor la desgarraba por dentro: había visto con sus propios ojos cómo Mónica intentaba seducir a Gabriel. Su mundo se derrumbaba.
En la oficina, Gabriel se desplomó contra el escritorio, con la camisa desabrochada y el alma hecha pedazos. Mónica lo observaba con una sonrisa venenosa.
—¿Lo ves, Gabriel? —susurró con voz seductora—. María nunca fue suficiente para t