María tomó la decisión más dolorosa de su vida: abandonar Nueva York con su hijo Dairon. El recuerdo de la traición la perseguía, y aunque su corazón seguía latiendo por Gabriel, la herida era demasiado profunda.
—Hijo, nos vamos lejos… muy lejos. —le dijo con voz firme, mientras preparaba las maletas.
—¿A dónde, mamá? —preguntó Dairon, confundido.
—A Moscú. Allí nadie podrá alcanzarnos. Allí empezaremos de nuevo.
El avión despegó en medio de la tormenta, como si el cielo mismo llorara su parti