María tomó la decisión más dolorosa de su vida: abandonar Nueva York con su hijo Dairon. El recuerdo de la traición la perseguía, y aunque su corazón seguía latiendo por Gabriel, la herida era demasiado profunda.
—Hijo, nos vamos lejos… muy lejos. —le dijo con voz firme, mientras preparaba las maletas.
—¿A dónde, mamá? —preguntó Dairon, confundido.
—A Moscú. Allí nadie podrá alcanzarnos. Allí empezaremos de nuevo.
El avión despegó en medio de la tormenta, como si el cielo mismo llorara su partida. Gabriel, desesperado, llegó al aeropuerto demasiado tarde.
—¡María! ¡No te vayas! —gritó, pero solo alcanzó a ver el avión perderse entre las nubes.
Su corazón se quebró. No aceptaba la idea de vivir sin ella.
—No importa dónde estés, María… yo te encontraré. —juró con voz rota.
En Moscú, María conoció a Vladimir Junior, un abogado ruso de gran prestigio, joven, elegante y exitoso. Su mirada transmitía seguridad, y su voz tenía la firmeza de quien nunca pierde un caso.
—Señora María, aquí na