La tarde se negaba a morir. El cielo, teñido de un tono naranja oscuro, se reflejaba en la superficie lisa del lago, duplicando la melancolía que se había instalado en el pecho de Mateo. Estaba sentado frente a la pequeña mesa de un restaurante en la orilla, buscando consuelo en el aire frío de la inminente noche. El humo de su café, a medio terminar, era el único testigo de su frustración.
Levantó la mirada. La luz artificial del otro lado del puente era un contraste demasiado brillante para la sombría del lago. Mateo se obligó a relajarse, cerrando los ojos para respirar el aire puro, intentando desechar el estrés que se le había acumulado todo este tiempo que estuvo desconectado de la civilización. Al abrirlos, su mirada se detuvo, clavándose en una escena al otro lado de la calle. En el porche de un restaurante moderno y minimalista.
Allí estaba Isabelle. Era una visión que siempre lo desarmaba. Rubia, con un tono que no era oro, sino la frialdad pulida de un metal precioso, y sus