La luz de la mañana se colaba a través de las rendijas de las cortinas rústicas, un gris suave que llenaba la cabaña. El fuego de la chimenea se había reducido a brasas humeantes, y el aire era frío y quieto.
Me desperté sintiendo una calidez inusual, una pesadez agradable. Mi primer pensamiento fue: ¡No escuché la alarma! Mi mente, mi agenda interna, estaba gritando la hora y la lista de pendientes.
Me estiré, y mi mano chocó contra algo firme, caliente y sorprendentemente musculoso.
Abrí los