La atmósfera en la Mansión Han no era de calidez doméstica, sino de poder contenido y formalidad helada. El vestíbulo era de mármol blanco y negro, con techos abovedados que amplificaban cada paso y cada silencio. La suite principal, sin embargo, era un refugio de terciopelo y sombras, aunque no menos opresiva.
Graciela Han, la matriarca, mantenía el móvil pegado a su oreja. No había sido la voz de Adrián, sino la de su asistente personal, Ahn, quien acababa de informarle que su hijo no respond