—¡Perfecto, es hora de salir!
En medio de la charla sobre mis reacciones más honestas, Adrián dio un aplauso alegre y vivaz, con una energía que contrastaba drásticamente con mi tensión. Salió de la habitación, dándome la espalda. Me dejó boquiabierta, parpadeando.
—¿Ahora? —le interrumpí, completamente descolocada. Mi mente gritaba: ¡Debo revisar el clima y tráfico antes de salir! ¡Debo revisar la logística de todos los espacios antes de decidir si visitarlos!
Él asintió, con una sonrisa de oreja a oreja. —¡Por supuesto! Hoy el clima está espectacular, ¿no lo ves?
Miré hacia afuera. Y sí, el clima estaba radiante. El cielo era un lienzo de un azul profundo y despejado, y el sol brillaba en su máximo esplendor, proyectando sombras duras en el suelo de madera.
—Y... —continuó él, interrumpiendo mis pensamientos. Se había movido hacia la cocina y su voz retumbó con un orgullo casi infantil—. Esta vez iremos preparados.
Arrugué la frente y crucé los brazos, con una expresión que claramen