La fachada de cristal oscuro del edificio residencial se elevaba hacia el cielo como un monolito frío e indiferente. No era uno de los rascacielos públicos de oficinas, sino una torre de apartamentos discretos
Anastasia Valkov entró en el vestíbulo pulido, escoltada por dos hombres. Eran altos, corpulentos, con trajes a medida que no lograban disimular la masa muscular y la frialdad utilitaria de su presencia. Eran sombras silenciosas y eficientes.
Anastasia iba con los nervios de punta, aunque