La fachada de cristal oscuro del edificio residencial se elevaba hacia el cielo como un monolito frío e indiferente. No era uno de los rascacielos públicos de oficinas, sino una torre de apartamentos discretos
Anastasia Valkov entró en el vestíbulo pulido, escoltada por dos hombres. Eran altos, corpulentos, con trajes a medida que no lograban disimular la masa muscular y la frialdad utilitaria de su presencia. Eran sombras silenciosas y eficientes.
Anastasia iba con los nervios de punta, aunque los ocultaba con maestría. Cada músculo de su rostro estaba bajo control; su postura era impecable, la barbilla alta, la caminata precisa sobre los suelos de mármol pulido. Pero bajo su maquillaje perfecto, su frente y sus manos sudaban ligeramente. El fino tejido de su blusa de seda, cuidadosamente elegida para proyectar poder, se sentía pegajoso. Iba con toda la actitud de una reina, pero se sentía como una presa llevada al matadero.
Al llegar al ascensor privado que daba acceso a un único pe