La oscuridad en la habitación era absoluta, rota solo por los tenues reflejos de la ciudad que se filtraban entre las cortillas. Yo estaba acostada en medio de una cama que era demasiado grande, demasiado lujosa, demasiado ajena. Mis mejillas ardían, y no por la fiebre, sino por el eco de una pregunta que resonaba en mi cabeza.
¿Nunca te pasó que conociste a alguien y, desde el primer momento, supiste que esa persona solo traería complicaciones… pero aun así, no pudiste alejarte?
La pregunta de