El golpe en la puerta, suave pero insistentemente real, me hizo saltar del ensimismamiento como si me hubieran aplicado una descarga. Me incorporé de golpe en la cama, el corazón galopándome en el pecho. ¿Era él? ¿Era en serio?
—¿Valeria? —La voz de Adrián, baja pero clara, traspasó la madera.
Mi mente entró en pánico. Me pasé una mano por el cabello, sintiéndolo desordenado y rebelde. ¡Dios mío, debía parecer un desastre! Me levanté de un salto, con más agilidad de la que creía tener, y me ace