El dolor era un universo en expansión dentro de ella. Un latido ardiente en la mejilla izquierda, un fuego recién avivado en la derecha. La sangre, cálida y metálica, le pintaba la barbilla y le manchaba la blusa, cada gota un testimonio de su derrota física. El hombre estaba de pie frente a ella, su respiración un poco más pesada, la paciencia agotada.
—Te estás poniendo las cosas muy difíciles —dijo, su voz un susurro cargado de una amenaza que ya no necesitaba elevarse.
Y entonces, de lo más