El aire de la madrugada se sentía inusualmente frío. Valeria estaba sentada en el borde de la ambulancia, envuelta en una manta térmica plateada que crujía con cada uno de sus movimientos. A unos metros, Adrián estaba en la misma posición. Ambos parecían náufragos que acababan de ser rescatados de un mar de mentiras.
El silencio de la calle se rompió con el sonido metálico de las esposas y los gritos histéricos que bajaban por la rampa del edificio.
—¡No me toquen! ¡No saben quién soy yo! —el g