La luz fluorescente de la comisaría era despiadada, resaltando el cansancio en el rostro de Adrián. Había terminado su declaración inicial y caminaba por el pasillo escoltado por un oficial cuando la vio. Graciela, estaba sentada tras el cristal de una sala de interrogatorios. Ya no gritaba; había recuperado esa máscara de porcelana fría que la caracterizaba.
Al ver a su hijo a través del vidrio, Graciela no bajó la mirada. Al contrario, se puso de pie con una elegancia que resultaba insultante