Bajo la luz cegadora de los reflectores y el constante tintineo de las cámaras, Silas Voss se erguía sobre la plataforma con la seguridad de un hombre que ya se sentía dueño de la ciudad. Su traje gris marengo estaba impecablemente cortado, y su voz, profunda y melódica, envolvía a la multitud de periodistas que lo rodeaban a la expectativa de su siguiente promesa.
—La seguridad no es una opción, es un derecho que les ha sido arrebatado —declaró Silas, extendiendo las manos de forma acogedora—. Mi plan de gobierno no se basa en promesas vacías, sino en una reestructuración total de nuestras fuerzas. Cuando asuma la alcaldía, cada ciudadano podrá caminar por estas calles con la certeza de que el orden ha vuelto.
El discurso era convincente, una mezcla perfecta de autoridad y empatía. Silas esbozó una sonrisa ensayada y asintió a su equipo, indicando que la rueda de prensa había terminado. Sin embargo, justo cuando se disponía a bajar los escalones, una periodista de una cadena nacional