Bajo la luz cegadora de los reflectores y el constante tintineo de las cámaras, Silas Voss se erguía sobre la plataforma con la seguridad de un hombre que ya se sentía dueño de la ciudad. Su traje gris marengo estaba impecablemente cortado, y su voz, profunda y melódica, envolvía a la multitud de periodistas que lo rodeaban a la expectativa de su siguiente promesa.
—La seguridad no es una opción, es un derecho que les ha sido arrebatado —declaró Silas, extendiendo las manos de forma acogedora—.