La noche había caído sobre la ciudad. Anastasia estaba sentada en una mesa pequeña y retirada en L’Eclat, el restaurante más exclusivo y costoso de Central City. El lugar exhalaba lujo: mantelería de lino egipcio, luz de velas que bailaba sobre el cristal tallado y un silencio respetuoso.
Anastasia usó la pantalla negra de su teléfono como espejo. Con gestos calculados, se retocó el cabello con la yema de los dedos y luego revisó su labial rojo pasión; estaba perfecto, una mancha de sangre impecable sobre su piel pálida. Bajó levemente el móvil para inspeccionar su escote, asegurándose de que la línea del vestido negro fuera lo suficientemente sugerente para distraer, pero lo suficientemente elegante para una futura "primera dama".
Guardó el móvil y tomó un sorbo pequeño de vino blanco, dejando que el frío del alcohol la calmara. Un minuto después, sintió unas manos gruesas, cálidas y firmes sobre sus hombros. No se sobresaltó; conocía ese peso. Sonrió con suficiencia y se levantó par