Anastasia permanecía inmóvil junto al inmenso ventanal del despacho de Adrián. La oficina, que usualmente imponía respeto y autoridad, ahora le pertenecía en su imaginación. Con las manos entrelazadas a la espalda y una postura impecable, bajó la mirada hacia la calle. A esa distancia, el elegante coche negro de Adrián parecía un juguete deslizándose entre el tráfico, pero ella sabía exactamente quiénes iban dentro.
Observó cómo el vehículo se alejaba del edificio, llevándose a Valeria con él. Su mirada era fría, una superficie de hielo que no permitía filtrar ninguna emoción humana.
—Ya esperaba esa reacción, Adrián —susurró para sí misma, y el aliento empañó levemente el cristal—. Espero que no sea demasiado tarde para que te des cuenta de que esa mujer no te conviene.
Apartó la vista de la calle y la elevó hacia el horizonte. El cielo estaba claro, con nubes blancas y deshilachadas que se movían perezosamente. Una sensación de victoria, casi física y embriagadora, la invadió. No er