Anastasia permanecía inmóvil junto al inmenso ventanal del despacho de Adrián. La oficina, que usualmente imponía respeto y autoridad, ahora le pertenecía en su imaginación. Con las manos entrelazadas a la espalda y una postura impecable, bajó la mirada hacia la calle. A esa distancia, el elegante coche negro de Adrián parecía un juguete deslizándose entre el tráfico, pero ella sabía exactamente quiénes iban dentro.
Observó cómo el vehículo se alejaba del edificio, llevándose a Valeria con él.