Una tarde, agotado de vagar por las calles, regresó al edificio y tocó la puerta de Miguel. Lo encontró tirado en el sofá, con un libro abierto.
—¿Qué tal si mañana viernes vamos a un bar? —propuso Rómulo, con entusiasmo.
—¡Estaría bien! —respondió Miguel. Y añadió, guiñándole un ojo: —Oye, ¿no quieres que te presente a una amiga? A lo mejor mañana se arma, pero, ¿te animas a hablarle?
Rómulo sintió un nudo en el estómago, pero sonrió.
—No estoy tan perdido como crees —dijo, aunque dudaba.
Esa n