Veía con envidia y deseo cómo las parejas se abrazaban, y su anhelo de tener su propia experiencia crecía. No quería nada extravagante, solo una mujer dulce, tierna, que llenara sus sentidos. Cada tarde, al pasar frente a las preparatorias, encontraba a chicas de quince o dieciséis años, regresando de clases, platicando en grupos, lanzando miradas curiosas y risitas. Sus rostros sonrientes, sus cuerpos esbeltos con faldas cortas, sus caderas balanceándose con una alegría casi infantil, lo cautivaban. Día tras día, las veía a lo lejos, y ellas comenzaron a notar su presencia. Cuando pasaba, se empujaban unas a otras, reían y lo miraban con ojos desafiantes. Rómulo, nervioso, apartaba la vista y aceleraba el paso.
Al notar que lo ponían nervioso, las chicas se volvieron más atrevidas. Sus risas y miradas lo seguían, pero él no se animaba a hablarles.
—Huele a problemas —se decía, sintiéndose infantil en su timidez. ¿Por qué no podía ser fuerte, como la vida parecía exigirle? ¿Por qué no