Junio de 2003. La Terminal TAPO estaba igual que aquella noche de octubre: luces fluorescentes parpadeantes, olor a gasolina y café quemado, el rumor constante de motores y despedidas. Pero esta vez no llovía. O al menos no al principio.
Edith había recibido un mensaje de Rómulo esa mañana: “Necesito verte. En la TAPO. A las nueve de la noche. Trae la chamarra que nunca te devolví”.
Ella llegó temprano, con la chamarra de mezclilla doblada sobre el brazo. El lugar le traía recuerdos agridulces: