Capítulo 15 • La correctora perfecta
Edith Gutiérrez corregía vidas ajenas con la misma precisión quirúrgica con que otros respiraban. En el pequeño despacho que había alquilado en Monterrey tras su regreso de Madrid, la luz de la lámpara de escritorio caía oblicua sobre las páginas manuscritas, y cada coma fuera de lugar era un pecado que ella no perdonaba. El perfeccionismo no era vicio; era escudo. Mientras tachaba, reescribía y pulía las palabras de extraños, conseguía olvidar —aunque fuera por unas horas— que las suyas propias