Abrió la ventana de su cuarto, rompió la carta que había escrito a la vida y dejó que los pedazos se esparcieran en la oscuridad. Los fragmentos de papel, cargados de su dolor, revolotearon hacia el patio como hojas secas, tragados por la noche. Había aprendido, en los días amargos que siguieron a su ruptura con Miguel, que hundirse en silencio era más digno que pedir ayuda. La Ciudad de México, con su indiferencia implacable, parecía recordarle que todo lo frágil estaba destinado a perecer. El cielo, cubierto por un manto negro, ocultaba las estrellas; el viento aullaba, y las nubes corrían veloces, como si huyeran de un destino cruel. Rómulo apenas reconocía esa ciudad que lo había acogido con promesas y ahora lo miraba con desdén, un extraño en sus calles.
Un hastío profundo lo envolvía, una insatisfacción que apagaba cualquier chispa de alegría. Su vida se había reducido a un letargo sin rumbo. Apenas salía a las calles de la colonia Doctores, donde antes buscaba un lugar en el mun