Era abril de 2003, y la Ciudad de México se preparaba para su primavera más incierta. Edith Gutiérrez bajó del autobús con una maleta pequeña y una dirección incierta.
Habían pasado apenas seis meses desde aquella noche de octubre. Seis meses en los que su vida en Puebla se había deshecho y vuelto a armar de forma distinta. Daniel y ella hablaron hasta el agotamiento; no hubo reconciliación mágica, solo una separación limpia, civilizada, y un adiós que no dolió tanto como esperaba. Retomó su tra