Capítulo 10
Los días que siguieron fueron un remolino de introspección para Rómulo. La herida en su brazo sanaba lentamente, dejando una cicatriz que le recordaba su impulsividad, pero la herida en su orgullo era más profunda. La Ciudad de México, con su bullicio incansable, parecía burlarse de su fragilidad. Caminaba por las calles de la Roma y la Condesa, donde las luces de los cafés y el aroma de los puestos de comida llenaban el aire, pero se sentía más solo que nunca. En El Péndulo, su refugio, hojeaba