Los días que siguieron fueron un remolino de introspección para Rómulo. La herida en su brazo sanaba lentamente, dejando una cicatriz que le recordaba su impulsividad, pero la herida en su orgullo era más profunda. La Ciudad de México, con su bullicio incansable, parecía burlarse de su fragilidad. Caminaba por las calles de la Roma y la Condesa, donde las luces de los cafés y el aroma de los puestos de comida llenaban el aire, pero se sentía más solo que nunca. En El Péndulo, su refugio, hojeaba libros sin leerlos, buscando en las páginas un eco de su propia confusión. Músicos seguían tocando, pero sus notas, antes cálidas, ahora le parecían lejanas, como un recuerdo de una vida que no le pertenecía.
Una tarde, mientras vagaba por el Zócalo, se detuvo frente a la catedral, su silueta imponente recortada contra un cielo que prometía más lluvia. Pensó en Clarisa, en su sonrisa serena, en su rechazo que había sido un regalo disfrazado de dolor. Pensó en Lupita, en el fuego de su risa, en