En un parpadeo, estaba en el cuarto de Miguel. Lupita ya estaba ahí, sentada en el sofá, con el cabello rojizo aún húmedo por la lluvia. Al verlo, sus ojos se posaron en él, curiosos, envolviéndolo como una ola suave. Le tendió la mano en silencio, y su mirada, aunque cálida, tenía un matiz nuevo, como si lo viera por primera vez. Rómulo, paralizado, apenas correspondió el gesto, sintiendo que el aire se volvía denso, cargado de recuerdos que prefería enterrar.
Miguel, ajeno a la tensión, hablaba sin parar, su voz llena de una emoción que llenaba el cuarto.
—¿Qué tomamos? ¡Nada de tequila, hoy hay que hacer algo diferente! ¿Qué tal un té? Un té calientito, ¿les late?
Lupita y Rómulo asintieron, y se sentaron a la mesa, uno junto al otro. Pero Rómulo no podía hablar. Su mente giraba en torno a un solo pensamiento: ¿había sido un sueño aquella tarde en que su rabia y deseo se enredaron en una lucha torpe con Lupita? No se atrevía a mirarla, pero sentía su presencia como un peso que le ro