Por la mañana, el médico llegó. Rómulo se presentó como estudiante y preguntó, con el aliento contenido, si Ana estaba fuera de peligro.
—Creo que sí —dijo el doctor, con cautela profesional—. Ha superado la crisis. Los niños son fuertes, tienen ganas de vivir.
Rómulo observó cada movimiento del médico, sintiendo el poder de la profesión que había abandonado como un llamado irrevocable. Supo, en ese instante, que debía actuar, ser útil.
Tomó el cuidado de Ana como una misión sagrada. Pasaba las