Por la mañana, el médico llegó. Rómulo se presentó como estudiante y preguntó, con el aliento contenido, si Ana estaba fuera de peligro.
—Creo que sí —dijo el doctor, con cautela profesional—. Ha superado la crisis. Los niños son fuertes, tienen ganas de vivir.
Rómulo observó cada movimiento del médico, sintiendo el poder de la profesión que había abandonado como un llamado irrevocable. Supo, en ese instante, que debía actuar, ser útil.
Tomó el cuidado de Ana como una misión sagrada. Pasaba las noches vigilando su fiebre, midiendo cada respiro; los días leyéndole cuentos de libros prestados, llevándole flores silvestres del mercado, prometiéndole que pronto estaría corriendo bajo el sol. Ana comenzó a hablar, con una voz débil pero curiosa, haciendo preguntas que Rómulo respondía con gusto, redescubriendo en esas charlas su propia capacidad de alegría. A veces, se sorprendía riendo con ella, y Ana, pálida entre las almohadas, esbozaba una sonrisa que iluminaba el cuarto como un rayo de